Los suizos Samael no son un grupo que se prodigue mucho. Llevan dos discos en ocho años, y éste sería el tercero; como esos ríos que aparecen y desaparecen, Samael nunca van a saturar a sus oyentes, con su metal tecnológico, hace mucho tiempo que dejaron a un lado la escena extrema ortodoxa para sumergirse en una música que cabría calificar de novedosa, si tal palabra no estuviera tan manida. En ellos, la originalidad es un hecho, no una pretensión. Pocos grupos hay como ellos, comparables a los mejores Moonspell o a los momentos más conseguidos de las leyendas Paradise Lost. Para los paladares exquisitos, este disco.
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