Sello: Mascot
Este hombre tiene a sus espaldas haber pertenecido a los legendarios Ill Niño y luego a la banda de Max Cavalera Soulfly; también anda ahora metido en el nuevo proyecto de los hermanos Cavalera, o sea que algo tendrá el agua (o el guitarrista) cuando lo bendicen.
Bien sabe dios que no soy muy amigo de los discos de guitarra instrumental, esto es de los trabajos de heavy en los que no hay cantante, rara moda aparecida en los años ochenta y que dio frutos a veces bastante pesados. Pero este disco, al igual del sacado por su colega Marty Friedman hace unos pocos meses con el mismo sello, se puede considerar una excepción al estado de cosas en los laberintos instrumentales de guitarra.
El señor Marc Rizzo es un come escalas cuando quiere, que puede emular tanto al mentado Marty Friedman como al otro gran guitarra, el sueco Yngwie Malmsteem, y aunque parece que este segundo trabajo acreditado a su nombre se ha volcado en esos aspectos de vituosismo, también ha tenido el acierto de introducir partes acústicas, más serenas, en las que el tío mezcla el flamenco con la fusión metálica, haciendo algo así como una mixtura entre Ritchie Kotzen de su primer disco para Mike Varney y lo que puede estar interpretando en nuestros días un maromo como Aldi Meola.
El metal está ahí, ciertamente, por todos lados, además; pero también se nota ese aire jazzy y hasta flamenco que dota al redondo de una frescura difícil de encontrar en estos tiempos y en este tipo de discos.
Sin tratarse de una obra maestra, sí es un disco aconsejable que nos muestra la cara más metálica ochentera de un músico –tal vez- demasiado vinculado por el subconsciente metálico a las bandas nu metal de los noventa. Esto es algo más que una copia de Soulfly, es un tipo haciendo lo que le viene en gana con su instrumento y su talento, sin presiones, algo a lo que nos tienen acostumbrados los redondos lanzados por el sello Mascot.
Artículo escrito por ignacio rielas